Up.

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1.

Henry Miller, en Al cumplir ochenta: «Si a los ochenta años no estás ni tullido ni invalido y gozas de buena salud, si todavía disfrutas una buena caminata y una comida sabrosa (con todo y sus acompañamientos), si duermes sin pastillas, si las aves y las flores, las montañas y el mar te siguen inspirando eres de lo más afortunado y deberías arrodillarte en la mañana y en la noche para darle gracias al Señor por mantenerte en forma. En cambio si eres joven pero ya tienes cansado el espíritu y estás a punto de convertirte en autómata, sería bueno que te atrevas a decir de tu jefe -en silencio, claro- “¡Al carajo con ese fulano, no es mi dueño!”» (Henry Miller. “Al cumplir ochenta”.  p. 15.)

Yo pienso que Henry Miller aborda la vejez desde dos lados: el corporal y el del espíritu. En cuanto al primero, quizá no mucho podamos hacer, pues por más que lo cuidemos, talvez llegará un momento en que el cuerpo habrá dado todo de sí, y un enorme cansancio se apoderará de nosotros, que nos impedirá disfrutar entre otras cosas de un buena caminata, y de una comida con todo y acompañamientos. Si uno llega a esto, indudablemente será viejo; mas si alguien, a avanzada edad, no está ni tullido ni invalido y goza de buena salud, mucha razón tiene Miller: debe darle gracias al Señor por mantenerlo en forma, ya que es en suma afortunado por haber escapado a los estragos implacables del paso del tiempo.

En cuanto al segundo, mucho más podemos hacer, porque no depende totalmente del paso del tiempo. En cuanto al espíritu, uno puede ser joven pase lo que pase con el cuerpo; pero así también uno puede ser viejo, sin importar la condición de él. Esto es, se pueden contar cualquier cantidad de años, pero tener cansado el espíritu y estar a punto de convertirse en un autómata, o incluso serlo ya.

Sin embargo, ¿cómo se llega a ser viejo de espíritu? Teniendo, pienso, un Dueño.

Cuando Henry Miller habla de mandar al carajo al jefe porque éste no es nuestro Dueño, creo, podemos leer más detenidamente, y observar que no de manera necesaria está haciendo referencia a seres de carne y hueso, sino a dos conceptos. El jefe es quien va a la cabeza y, en tanto que ésta es su condición, dirige y organiza. Muchas cosas parecen indicar que en la vida cada cual tiene sus propios jefes, o sea, ideas, creencias o principios que dirigen y organizan la misma. Así como cuando E. M. Forster, quien no creía en las creencias, dijo que su lema es: “Señor, yo no creo; ayuda, pues, a mi incredulidad”. (E. M. Forster. “En lo que creo”. p. 16.) O el mismo Henry Miller, cuyo lema de toda la vida fue: “siempre contento y siempre luminoso”. (Henry Miller. Op. cit. p. 28.) Y, por si faltase otro caso, está Henry David Thoreau, quien aceptaba de todo corazón la máxima: “El mejor gobierno es el que gobierna menos”. (Henry David Thoreau. “Desobediencia civil”. p. 37.) Y si esto se viera realizado rápida y sistemáticamente, sería “el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”. (Ídem.)

El tener jefes parece ser cosa saludable, porque de no estar ellos, iríamos por la vida dando tumbos, guiándonos de un momento a otro, y quizá sin previo aviso, por cosas muy distintas. Pero, indica Henry Miller, uno puede llegar a tener la impresión de que un (o unos) jefe es nuestro Dueño, cuando no lo es; es decir: no sólo ya dirigiría y organizaría la vida, sino que dominaría la misma, en tanto que creeríamos imposible el deshacernos de él. Si uno llega a esto, indudablemente será viejo, porque el viejo de espíritu es semejante al viejo por edad: ya no tienen movimiento por sí mismos, están muy cansados para ello, y así terminan convirtiéndose en autómatas, porque algo o alguien externo siempre los dirige, y de éste no se pueden deshacer o no creen poder hacerlo.

Para un viejo de espíritu, pues, unas (o una) ideas, creencias o principios, están a punto de convertirse, o lo han hecho ya, en su Dueño. Ellos, como autómatas, sin ninguna actividad de por medio, o sea, sin ningún sopesar o cuestionamiento, dirigirán y organizarán su vida según indiquen aquéllas. Imagino que ejemplo de esto podrían ser quienes se desviven por algo, o todo seguidor radical de cualquier idea. Quizá lo que delata a los viejos de espíritu es que consideran inaceptable cualquier cosa en contra o diferente de lo que los domina, porque nada ni nadie puede mancillar a su Dueño. Pero el viejo de espíritu, a diferencia del viejo por edad, puede mandar al carajo a quien lo dirige… y ser joven de espíritu.

No obstante, ¿cómo sería alguien joven de espíritu?

Sobre esto, creo que Henry Miller habla también: “La idea es vivir sin ideales, sin principios, sin ismos ni ideologías. Quiero sumergirme en el océano de la vida como un pez en el mar.” (Henry Miller. Op. cit. pp. 21-22.) Ésta es la idea, sin embargo es claro que ella no se puede realizar tal como está dicha: imposible es el sumergirse en el océano de la vida sin al menos un flotador. Miller mismo lo sabía, y por ello tuvo un lema toda su vida. Esa idea es, más bien, no un ideal ni un principio, sino una disposición: el permanecer siempre atentos para no atornillarse a nada por siempre, y poder cambiar de ideas, ideales, creencias o principios cuando así lo creamos justo.

1.1

Carl Fredricksen, me parece que sin lugar a dudas, al comienzo no sólo era viejo, sino doblemente viejo: viejo por edad y viejo de espíritu. Este hombre se arreglaba en las mañanas no para dar una caminata, sino tan sólo para sentarse frente a su casa, además al hacer esto luce tan cansado… Más aún, es viejo de espíritu porque está atornillado a todo lo que tenga que ver con Ellie, y nada puede mancillar lo que tenga que ver con ella. Así pasó con su buzón: le pareció inaceptable que un extraño lo tocara, siendo el que pintó junto a Ellie, a pesar que éste quería corregir su error.

Conforme avanza el tiempo, empero, nos damos cuenta de que el señor Fredricksen no está ni tullido ni invalido, y goza de una muy buena salud. ¡No muchos hombres de su edad se desplazarían de tal manera por tierras escabrosas! E incluso, al final, notamos que su bastón le era completamente innecesario, y aún más el aparato con el que bajó al comienzo las escaleras. ¡Un hombre que batalla a tantos pies de altura no necesita un apoyo para moverse!

Por lo demás, su vejez de espíritu lo llevó a hacer aquello que, cuando niños, planeó junto a Ellie, y que por muchas cosas nunca realizaron. Pero ella era en verdad diferente a él, siempre joven de espíritu, aunque al final su cuerpo dio todo de sí, pues no se atornilló a la gran tristeza de no poder tener un bebé ni mucho menos a una obsesión por nunca haber realizado el viaje a Cataratas del Paraíso. Y fue ella, precisamente, quien le mostró al señor Fredricksen que la idea que se había hecho de Ellie se había convertido en Dueña de su vida: ya nada hacía sin tenerla de manera compulsiva en su mente.

Le dijo ella: “¡ahora tú comienza una nueva aventura!”, o sea, “aprende a cambiar de direcciones, tal como lo hice yo, pues mi aventura dejó de ser hace mucho el ir a Cataratas del Paraíso, y pasó a ser el estar contigo; así también, tú, no te atornilles a nada”. Ellie: ¡siempre joven de espíritu!

Y el señor Fredricksen, creo, pasó de ser doblemente viejo a doblemente joven, porque su cuerpo aún era vigoroso y su disposición era ahora el permanecer siempre atento para no atornillarse a nada por siempre.

2.

En Up hay algo que resulta llamativo: de entre todos lo personajes, hay un grupo que destaca por su apariencia. Aquí ellos:

Sin título
Fotograma de Up.

En la imagen están los únicos personajes con un rostro de facciones tan definidas, y de semblante inexpresivo. Para el colmo, el del centro, ni siquiera al saber que una oportunidad de quedarse con la casa del señor Fredricksen ha aparecido, al golpear éste a un trabajador, muestra en su rostro una sonrisa o un gesto de victoria o de burla. ¡Nada! Siempre inexpresivo… ¿Quiénes son y qué buscan estos seres que nada expresan?

Título original: Up.
Título: Up: una aventura de altura.
Directores: Pete Docter y Bob Peterson.
Guión: Bob Peterson, Pete Docter y Thomas McCarthy.
Productores: Jonas Rivera, Denise Ream, Andrew Stanton y John Lasseter.
Fotografía: Patrick Lin y Jean-Claudie Kalache.
Edición: Kevin Nolting.
Música: Michael Giacchino.
País: Estados Unidos.
Año: 2009.

Bibliografía.

Forster, E. M. “En lo que creo” en En lo que creo. Presentación: Colin White. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México. 2004. Colección: Pequeños Grandes Ensayos/16. pp. 15-37.

Miller, Henry. “Al cumplir ochenta” en Al cumplir ochenta. Traducción: Zulai Marcela Fuentes. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México. 2004. Colección: Pequeños Grandes Ensayos/20. pp. 20-21.

Thoreau, Henry David. “Desobediencia civil” en Desobediencia civil y otros escritos. Traducción: María Eugenia Díaz. 1ª edición, Madrid: Diario Público. 2009. Colección: Biblioteca Pensamiento Crítico. pp. 37-67.

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