Quienes barren nuestras calles.

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“XXXI Maratón de la Cd. de México”: fotografía vía Flickr por Andrés Tonini (Lonjho).

 

Hace unas semanas surgió en mí la convicción de escribir un Elogio de nuestros barrenderos… En parte, su surgimiento lo atribuyo a que un buen día, mientras caminaba por la populosa ciudad en que vivo, a mi alrededor vi una buena cantidad de personas con ese oficio. Se encontraban, desde luego, haciendo su trabajo, y de súbito noté cuán poca atención les ponemos.

Ello me resultó muy extraño, porque después de todo quienes barren nuestras calles se hacen notar, en mayor medida por su estridente uniforme naranja -o verde, o amarillo, o rojo, etcétera, por todas partes en el mundo. Cosa sumamente extraña: no vemos aquello que se hace ver, pero muchas veces -y hasta nos enorgullecemos de hacerlo- con denuedo nos lanzamos a la búsqueda de lo oculto, lo velado, lo misterioso, y más… Dicho de manera breve: nos preciamos de ser como Linceo, cuando ni siquiera nuestra nariz podemos ver.

Quizá lo que pasa es que no los queremos ver o, cuando lo hacemos, al instante apartamos la vista. ¿Por qué? Por el tipo de actividad que es…

Por ejemplo, Oscar Wilde habló así del oficio que consiste en barrer: “y ya que he traído a cuenta la palabra trabajo, convendrá poner de manifiesto las muchas tonterías que hoy día se están escribiendo sobre la dignidad del trabajo manual. En el trabajo manual no hay nada realmente ennoblecedor, y buena parte de él es lo que se dice degradante. Lo mismo desde el punto de vista mental que desde el moral, es una ofensa para el hombre llevar a cabo un trabajo que no le resulte grato, y muchas formas de trabajo constituyen actividades realmente desagradables, y deberían ser consideradas como tales. Barrer una plazoleta cenagosa durante ocho horas diarias bajo el azote de un viento helado, no cabe duda de que es una ocupación penosa. Y barrerla con dignidad mental, moral o física, me parece hazaña poco menos que imposible; del mismo modo que barrerla con júbilo sería asombroso. El hombre ha venido al mundo para algo mejor que recoger basura. Todos los trabajos de esta índole deberían ser llevados a cabo por aparatos mecánicos.” (Oscar Wilde. “El alma del hombre bajo el socialismo”. pp. 32-33.)

Quienes barren nuestras calles, pues, tienen un trabajo desagradable y degradante moral, física y mentalmente. El señor Wilde, y nosotros, podríamos decir esto con base en la experiencia: en verdad, yo nunca he visto barrer a alguien con júbilo. Por desgracia, nunca he visto a un barrendero bailar con su escoba… Al contrario, todos se mueven cansinamente. Y quienes berren con celeridad, lo hacen como si estuvieran molestos, como si les desagradara lo que hacen y por ello mientras más rápido acaben es mejor. Y de barrer con dignidad, ni cómo hablar, según parece, pues consustancial a este oficio es siempre tener la cabeza agachada, viendo sólo el piso.

Aquí, parece tener razón Oscar Wilde, “no hay nada realmente ennoblecedor”. Aunque, claro está, yo sólo conozco un testimonio directo de alguien que tiene por oficio el barrer. Lo mejor de todo, celebré al comienzo, es que a él no parece desagradarle o ver con malos ojos su oficio, pero después observé que al parecer no le gusta por sí mismo, sino sólo como medio; “uno se va enseñando a agarrarle cariño al trabajo, porque de lo que gana uno vive uno.”, dice él.

Desde luego, con seguridad habrá alguien que ame ser barrendero o que incluso diga que no desearía ser otra cosa en la vida. Pero los más parecen darle la razón al señor Wilde; e incluso el llegar a ser barrendero, por lo general, no se considera algo digno de mención ni envidiable. En Sabrina bien vimos esto: en el celoseano, donde uno tiene todo y los demás nada, los compañeros de Sabrina «tuvieron que dejar la escuela y entraron en el “excitante” campo de la labor de limpieza».

No obstante, hay que decirlo, no han faltado intentos de hacer notar aún más a quienes barren nuestras calles. Así, por ejemplo: la estatua del barrendero de la plaza de Jacinto Benavente y El barrendero de Cantinflas.

Del primero, “algunos dicen que se llamaba Jesús Moreno y que barrió las calles de Madrid desde 1953 hasta el 2002. Pero lo cierto es que la estatua del barrendero de la plaza de Jacinto Benavente no tiene nombre. Si acaso el de su creador, Félix Hernando. Este escultor, de 55 años, fraguó en 2001 este monumento como un homenaje a estos trabajadores. El encargo vino de la Concejalía de Limpieza del Ayuntamiento […]. Félix no se explica de dónde pudo salir la leyenda del barrendero Jesús. Él lo tituló con un nombre más aséptico: Barrendero madrileño 1960. Aunque se inspiró en el rostro de un empleado de limpieza que conocía.” (Rodrigo Casteleiro García. De profesión, barrendero. EL PAÍS.) Aquí él:

Fotografía vía Flickr por Antonio Zugaldia (zugaldia).
“img_1098”: fotografía vía Flickr por Antonio Zugaldia (zugaldia).

Pero lo cierto es que, para ser un monumento que tiene como fin el homenajear a quienes barren nuestras calles, resulta bastante discreto: “por su lado pasan cada día centenares de peatones y turistas. Algunos recalan en esta estatua y se sacan fotos con él; otros, no” (Ídem.); así también he encontrado testimonios curiosos: “resulta gracioso ver como muchos peatones confunden a esta escultura con un mimo y la observan detenidamente a ver si realiza algún tipo de movimiento (de hecho, por la zona de Sol sí que hay un artista callejero que simula ser esta estatua).” ¡Hasta en la foto anterior no resalta sobremanera, a pesar de ser una estatua! Un poco más alto que los demás, pero igual que sus compañeros de carne y hueso, anda siempre viendo hacía abajo, agachado.

Del segundo, no lo dudo, Cantinflas intentó ensalzar a nuestros barrenderos. No por nada los llamaba “heroico cuerpo de barrenderos”, cantaba que le gustaba limpiar y, ¡mejor aún!, bailaba con su escoba. Pero lo que hizo el Maestro, si bien es loable, fue sólo un intento, ya que a lo largo de su película fue diluyéndose el que era barrendero, por convertirse en lo que muchas veces fue: un protector, un ladino, un crítico, un burlón, un resbaloso, un alma generosa, etcétera. Tanto así que, al final, recibió su barredora eléctrica, no por ser un excelente barrendero, sino por realizar con heroísmo tareas más allá de su deber.

Incluso, podría decirse, al final dejó de ser barrendero, y pasó a convertirse más en un conductor, realizando hasta cierto punto aquello que pedía Oscar Wilde, que trabajos como el de los barrenderos sean realizados por aparatos mecánicos. Todo esto mientras que, si se permite decirlo, aquel con el que siempre se enfrentó, rebajó su condición y pasó a ser barrendero.

Aún es menester, después de todo, escribir un Elogio de nuestros barrenderos…

Título original: El barrendero.
Director: Miguel M. Delgado.
Guión: Mario Moreno “Cantinflas” e Isaac Díaz Araiza.
Productor: Jacques Gelman.
Fotografía: Rosalío Solano.
Edición: Gloria Schoemann.
Música: Gustavo César Carrión.
País: México.
Año: 1981.
Elenco: Mario Moreno “Cantinflas” (Napoleón), María Sorté (Chipinita).

Bibliografía.

Wilde, Oscar. “El alma del hombre bajo el socialismo” en El alma del hombre bajo el socialismo y notas periodísticas. Traducción: Ricardo Baeza y Julio Gómez de la Serna. Revisión de la traducción: José Manuel Estévez Saá. 1ª edición, Madrid: Diario Público. 2010. pp. 11-65. Colección: Biblioteca Pensamiento Crítico.

Hemerografía.

Casteleiro García, Rodrigo. (2013, 9 de diciembre) De profesión, barrendero. EL PAÍS. Recuperado el 12 de diciembre de 2013, de http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/12/08/madrid/1386526524_423762.html

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