Una insolente corrección a una exposición de Karl Marx.

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En Annie Hall, Woody Allen lanza un ataque certero contra los críticos, los expertos y los profesores universitarios, por pretenciosos, por engreídos y por deshonestos. Ésta se encuentra en la escena en la que Annie y Alvy están en la fila del cine y un tipo, atrás de ellos, no deja de hablar mal sobre las películas de Fellini, a quien compara negativamente con Samuel Beckett, y termina hablando, quién sabe cómo, sobre Marshall McLuhan. Aquéllos son deshonestos porque, como el tipo en la fila del cine, algunos no exponen bien el pensamiento de quien hablan, aunque lo hagan con grandilocuencia.

Así como ese hombre en la fila de un cine, entonces, hay otros tantos que no exponen bien el pensamiento de quien hablan. Jon Elster es, creo, uno de ellos. No sabría decir, ni me atrevo a hacerlo, si él es deshonesto o no, pero lo que me parece cierto es que, en Una introducción a Karl Marx, el profesor expone si no mal, sí de manera deficiente algunas tesis de Marx.

Tal falta suya se hace aún más grave porque declara que en este libro “la intención principal es simplemente exponer las ideas de Marx y someterlas a discusión.” (Jon Elster. Introducción a Karl Marx. p. VII.) Y más adelante incluso lo remarca, al decir que el primer interés que guía su exposición es el “establecer lo que Marx pensaba.” (Ibídem. p. 2.)

La vida, empero, como también lo dijo Woody Allen en esa secuencia, no permite siempre el traer a alguien para que le diga a su mal expositor que nada sabe sobre su trabajo, y de paso el que resulta sorprendente que haya llegado a donde está…

A ellos, pues, sólo pueden decirle algo otros expositores, con un mayor conocimiento, o éstos sí honestos. Es claro, no obstante, que yo no tengo un mayor conocimiento de Marx que el profesor Elster, y mi honestidad fácilmente puede ponerse en cuestión, así que esto no es más que una insolente corrección a una exposición de Karl Marx. Mas esto no significa que no la lleve a cabo con lealtad hacia lo que pienso que en verdad dice él.

*

Lo que creo que se ha expuesto de manera deficiente, y que más ha llamado mi atención, es, según la llama Jon Elster, lo relativo a la teoría del valor-trabajo, expuesta en el primer capítulo de El capital. Ésta consiste, dice él, en que “las proporciones a las que se intercambian unas mercancías por otras se explican por la cantidad de trabajo incorporada en su producción.” (Ibídem. p. 67.) El profesor explica esto de la siguiente manera:

La teoría tiene un cierto atractivo inmediato. Si yo empleo seis horas entrelazando mimbres para hacer un cesto y tú empleas tres horas para atrapar con tus propias manos un pez del riachuelo, la proporción del intercambio -si es que hay intercambio- que cabe esperar sería de dos peces por cada cesto. Yo no aceptaría menos de dos peces porque podría haber capturado esa cantidad yo mismo en el tiempo que pasé haciendo el cesto; de modo similar, tú no te conformarías con menos de un cesto entero. (Ídem.)

Dicho esto, expresa la opinión de que esta teoría es “difícil de defender o hasta de formular coherentemente” (Ídem.), ya que enfrenta varias, e incluso demoledoras, complicaciones. Éstas, según anota, son cuatro (Cfr. Ídem.):

1° Asume que las materias primas están libres y gratuitamente disponibles.

2° Supone que la producción tiene lugar sin el concurso de medios producidos de producción.

3° Supone que los dos tipos de trabajo son igualmente tediosos y desagradables.

4° Se ignoran tanto las capacidades como los talentos congénitos.

Pero, de entre todas ellas, el profesor Elster considera que las mayores dificultades que enfrenta Marx son lo que resulta de lo correspondiente al punto 3 y 4, así que éstas son las únicas que desarrolla, sobre la idea de que bastan para dificultar la defensa y formulación de lo propuesto por Marx.

En cuanto al punto 4, que dice que no se toman en cuenta las diferencias entre las capacidades y los talentos congénitos, lo ilustra de la siguiente manera:

Si tú pudieras hacer mi cesto en cinco horas mientras que yo tendría que pasar cuatro capturando uno de tus peces, debido todo ello a diferencias de capacidad congénitas simplemente, se hace difícil predecir cómo se intercambiarán los bienes. Si sólo existimos los dos, negociaremos un precio, que en general será difícil de predecir, aun si agregáramos información sobre la intensidad de nuestros deseos por ambos bienes. Si suponemos que hay un millón de personas exactamente como tú y un millón como yo, la competencia entre los individuos reducirá el alcance de la negociación y estaremos en condiciones de predecir el precio de equilibrio. (Ídem.)

Pues bien, ¿qué nos está diciendo Jon Elster? En primer lugar, notemos que para ejemplificar el punto cuatro usa el mismo ejemplo con el que expuso lo dicho por Marx: la fabricación de un cesto y la captura de peces del riachuelo. En la exposición, la proporción de intercambio era clarísima: 1 cesto = 2 peces, pues un cesto se fabrica en seis horas y cada pez se captura en tres. Sin embargo, aquí se objeta que entre los individuos hay diferentes capacidades y talentos, aunque siendo más precisos está hablando de una diferencia de grado, en tanto que uno hace de forma más rápida o “mejor” algo en comparación a otro.

Esta diferencia de grado presente entre los individuos trae consigo, nos dice el profesor Elster, que la proporción de intercambio no sea, como en en el primer caso, clarísima. Así, por ejemplo, pregunta él, ¿cómo intercambiar un cesto que se fabricó en cinco horas por un pez que se capturó en cuatro? Esto es algo difícil de calcular incluso, anota, agregando información relativa a cuánto deseamos el otro bien. La única forma en que se le ocurre solventar esto es llevando el asunto al ridículo extremo en el que hay dos millones de individuos exactamente iguales realizando el mismo intercambio al mismo tiempo, pues la competencia entre ellos irá reduciendo el margen de la negociación hasta que el intercambio pueda realizarse.

Así pues, la objeción que resulta de este punto es que “no hay manera […] de explicar el precio mediante las cantidades relativas de trabajo que ha sido gastado porque esta proporción no está bien definida.” (Jon Elster. Op. cit. pp. 67-68.) O dicho de otra manera: la proporción de intercambio de una mercancía por otra, según la cantidad de trabajo incorporada en su producción, es muy difícil de establecer ya que no existe una proporción bien definida de cuánto trabajo X corresponde a cuánto trabajo Y.

Ahora bien, el punto tres es ilustrado por Jon Elster de la siguiente manera:

Así como los obreros pueden diferir en sus capacidades, las tareas laborales pueden distinguirse por ser más o menos placenteras. Si tanto tú como yo encontramos más tedioso pescar que hacer cestos, la tasa de cambio resultante será diferente. Si a ti te gusta pescar y yo prefiero hacer cestos, la tasa de intercambio podrá o no verse afectada, dependiendo de la fuerza de los sentimientos y de nuestra habilidad para farolear y negociar. De nuevo, nada se puede explicar comparando simplemente el número de horas gastadas en fabricar los productos, y no hay manera de convertir una forma de trabajo en otra. (Ibídem. p. 68.)

En este caso, la objeción resultante me parece diáfana: no hay manera de convertir una forma de trabajo en otra. Ésta, si cabe, se hace aún más límpida al agregar que el profesor asienta que “utilizar sólo el tiempo de trabajo sin tener en cuenta las diferencias cualitativas entre el trabajo especializado y no especializado sería tan absurdo como explicar las diferencias de precio entre un saco de patatas y uno de arroz comparando sus pesos.” (Ídem.)

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Hasta aquí, he expuesto lo que es dicho en Una introducción a Karl Marx, y si no cometo la falta de reducir al absurdo lo que dice Jon Elster, pienso que todo lo que desarrolla como objeción se basa en un único reclamo, que él mismo asienta: no hay manera de convertir una forma de trabajo en otra

En cuanto al punto tres, como ya he dicho, esto me parece claro. Con respecto al punto cuatro, sin embargo, no lo es tanto, ya que ahí la objeción resultante es que Marx no da una proporción definida que ayude a resolver cómo se da el intercambio ateniéndonos a las cantidades de trabajo que han sido gastadas. Empero, ha de notarse, el supuesto que le permite al profesor Elster llegar a esta conclusión es su exposición de Marx, en la que siempre da a entender que éste sólo piensa en formas de trabajo, así como el del tejedor de mimbre y el pescador, donde no hay manera de convertir una forma de trabajo en otra. De este modo, todas las diferencias entre una y otra forma de trabajo pueden introducirse, así como todas las diferencias existentes entre los trabajadores; y de esta manera le es lícito hablar de trabajo especializado y no especializado, de que alguien realice un trabajo de forma más rápida o “mejor” que yo, de que a uno le guste o no su trabajo, etcétera. Con todas ellas, sin lugar a dudas, es fácil llegar al reclamo, por haber formas de trabajo tan diferentes, que consiste en que no hay una proporción bien definida de cuánto trabajo X corresponde a cuánto trabajo Y. O como él lo dice: la proporción entre las cantidades relativas de trabajo que ha sido gastado no está bien definida, ni lo estará, porque es difícil equiparar el trabajo especializado y no especializado, el de quien realiza un trabajo de forma más rápida o “mejor” que yo, etcétera.

***

Según expone a Marx, la objeción del profesor Elster es acertada, y quizá esté en lo cierto al afirmar que es la mayor dificultad que enfrenta, y por ella se dificultaría la defensa y formulación de lo que propone. Mas, para nuestra tristeza, lo expone de manera deficiente…

La investigación de Marx parte del análisis de la mercancía, pues “la riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un «enorme cúmulo de mercancías», y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza.” (Karl Marx. El capital. p. 43.) Ahora bien, la mercancía, dice él, se pone de manifiesto como algo bifacético, ya que en primer lugar aparece como algo que “satisface necesidades humanas del tipo que fueran” (Ídem.), ello gracias a su cuerpo, o sea, al total de sus propiedades geométricas, físicas, químicas o de cualquier otra índole. Esto, el que una mercancía sea útil, merced a su cuerpo, para satisfacer necesidades humanas de cualquier tipo, hace de ella un valor de uso. Así, por ejemplo, el que un celular sirva como pisapapeles, el que una manzana sirva de alimento, o el que una capsula de oxitetraciclina ayude en el tratamiento de una infección estomacal, hacen de éstas valores de uso; el cuerpo de ellas, pues, es un valor de uso.

“Los valores de uso -escribe Marx- constituyen el contenido material de la riqueza, sea cual fuere la forma social de ésta” (Karl Marx. Op. cit. p. 44.) Mas, en las sociedades en que domina el modo de producción capitalista, “son a la vez los portadores del valor de cambio .” (Ibídem. p. 45.) Ésta es la otra cara de las mercancías, y ella se presenta en primera instancia como la proporción a la que se intercambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra. Por ejemplo, pone Marx: 1 quarter de trigo = a quintales de hierro.

Pero pasa a examinar esto más de cerca y nos hace ver que debe existir una tercera cosa en la pasada ecuación, común a ambos miembros y que no sea ninguno de ellos, porque sólo así se puede establecer una relación reciproca entre ambos como magnitudes conmensurables. Esto es, en a quintales de hierro debe haber un algo igual conmensurable tanto como lo debe haber en 1 quarter de trigo, porque sólo en tanto que son comunes pueden intercambiarse como iguales, así como un kilogramo de arroz y uno de frijol podrían intercambiarse en tanto que pesan lo mismo. Mas esto no puede ser ese algo igual, porque el peso es una propiedad natural de las mercancías, es una propiedad de su cuerpo, y esto sólo entra en consideración en tanto que ellas son valores de uso.

Además, escribe Marx, “en cuanto valores de uso, las mercancías son, ante todo, diferentes en cuanto a la cualidad; como valores de cambio sólo pueden diferir por su cantidad, y no contienen, por consiguiente, ni un sólo átomo de valor de uso.” (Ibídem. p. 46.) Esto se hace más que claro en el intercambio, pues, precisa Marx, una mercancía con cualidades cualesquiera vale exactamente lo mismo que cualquier otra, “siempre que esté presente en la proporción que corresponda.” (Ídem.)

Entonces, así visto, hay que hacer abstracción del valor de uso. ¿Qué queda de las mercancías? Nos responde Marx que “unicamente les restará una propiedad: la de ser productos del trabajo.” (Ídem.) Pero llegados aquí hay que ir lentamente:

Si hacemos abstracción del valor de uso, entonces, como bien dice Marx, todas las propiedades sensibles se esfuman; de este forma, las mercancías no tendrán color, tamaño, peso, propiedades químicas, ni nada concerniente a sus cualidades. “Ese producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil.” (Karl Marx. Op. cit. p. 47.) Sin embargo, persiste el que son productos del trabajo, porque de otro modo desaparecerían, se esfumarían absolutamente. No obstante, al hacer abstracción del valor de uso, y de este modo esfumarse todas la propiedades sensibles, el trabajo sufre también también una transformación, ya que si de una cosa útil se han esfumado todas sus cualidades, entonces del trabajo del cual es producto también se esfuman todas las características que las trabajan.

Así, tal como se desvanecen las diferencias cualitativas entre las mercancías, “se desvanecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano.” (Ídem.)

Hacer todo esto, sin duda, es un trabajo brutal de abstracción. Ello es manifiesto al preguntarse, hecho esto, ¿cómo expresar lo que queda? Marx lo hizo así:

Examinemos ahora el residuo de los productos del trabajo. Nada ha quedado de ellos salvo una misma objetividad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, esto es, de gasto de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se gastó la misma. Esas cosas tan sólo nos hacen presente que en su producción se empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores. (Ídem.)

Ha de notarse cómo se refiere a lo que queda al hacer abstracción del valor de uso: objetividad espectral. Sin duda, la designación es rimbombante. Más comprensible o asequible, empero, es referirse a lo que queda al hacer abstracción del valor de uso en tanto que producto del trabajo abstractamente humano: gelatina de trabajo humano indiferenciado o, expresado de forma más filosófica, cristalizaciones de una sustancia social común a ellas que es el gasto indiferenciado de fuerza de trabajo humana, esto es, sin consideración a la forma en que se gastó la misma. (Considérese lo que dice Aristóteles con respecto a la sustancia: es el sujeto último que ya no se predica de otro; y aquello inmanente en algo que si es destruido, trae consigo la destrucción del todo. Cfr. Aristóteles. Metafísica. 1017b 10-25.)

Repasemos hasta ahora: la mercancía se pone de manifiesto como algo bifacético, en tanto que es valor de uso y valor cambio. Éste se presenta en primera instancia como la proporción a la que se intercambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra clase, pero debe haber un algo igual conmensurable en ambos, porque sólo en tanto que son comunes pueden intercambiarse como iguales. Este algo igual conmensurable no tiene nada que ver con el valor de uso de las mercancías. Entonces, hay que hacer abstracción de éste, y así nos queda que ellas son cristalizaciones de gasto indiferenciado de fuerza humana de trabajo. Hecho esto, nos hace notar Marx, vemos que el trabajo tiene también una naturaleza bifacética: en tanto que trabajo útil, esto es, trabajo que se concreta en su producto en cuanto valor de uso, por ejemplo un tejedor de mimbre que hace cestos; y en tanto que trabajo humano indiferenciado cristalizado en una “gelatina” u “objetividad espectral”, esto es, sin prestar atención a las cualidades de cada trabajo, todos ellos son gasto de trabajo humano.

Así pues, en cuanto que las mercancías son cristalizaciones de gasto indiferenciado de trabajo humano, son iguales, y éste algo igual es su valor. Ahora bien, el valor de las mercancías, que se manifiesta en el valor de cambio, es conmensurable por la cantidad de trabajo contenida en ellas, que se mide por el tiempo de trabajo socialmente necesario que se requiere para producir cualquier valor de uso.

Tiempo de trabajo socialmente necesario, pues aquí no se está haciendo referencia a uno u otro trabajo útil, sino al trabajo humano indiferenciado, porque éste es el que produce valores. Éste es ese algo igual conmensurable en las mercancías que permite su intercambio.

****

Todo lo que Jon Elster desarrolla como objeción se basa en un único reclamo, según se ha dicho, que él mismo asienta: no hay manera de convertir una forma de trabajo en otra. Y, así también se ha dicho, en su exposición de lo que Marx pensaba siempre da a entender que éste sólo piensa en formas de trabajo, así como el del tejedor de mimbre y el pescador, donde no hay manera de convertir una forma de trabajo en otra.

Visto esto, sobre el profesor Jon Elster, cualquiera más insolente que yo, podría decir que no ha leído a Marx, porque, a decir verdad, tanta exposición de lo que dice ha sido sólo para poner de manifiesto la naturaleza bifacética del trabajo, en tanto que trabajo útil y gasto de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se gastó la misma, trabajo abstractamente humano o gasto indiferenciado de fuerza de trabajo humana.

El profesor dice que no hay manera de convertir una forma de trabajo en otra, lo cual en algún sentido es cierto, porque no es que un trabajo útil se convierta en otro trabajo útil, sino que más bien todo trabajo es igual a otro en tanto que todos son gasto de fuerza de trabajo humana. Marx lo dice diáfanamente:

Si se prescinde del carácter determinado de la actividad productiva y por tanto del carácter útil del trabajo, lo que subsiste de éste es el ser un gasto de fuerza de trabajo humana. Aunque actividades productivas cualitativamente diferentes, el trabajo del sastre y el del tejedor son ambos gasto productivo del cerebro, musculo, nervio, mano, etc, humanos, y en este sentido uno y otro son trabajo humano. Son nada más dos formas distintas de gastar la fuerza humana de trabajo. (Karl Marx. Op. cit. p. 54. Subrayados nuestros.)

Empero, este sentido no es el que el profesor Elster le da a su afirmación; él siempre da a entender que Marx sólo piensa en formas de trabajo, en el trabajo útil. Olvida mencionar el trabajo abstractamente humano, con cuya consideración muchas de sus objeciones salen sobrando, y hasta ridículas serían. Así como lo es el preguntarse cómo intercambiar un cesto que se fabricó en cinco horas por un pez que se capturó en cuatro, pues según su exposición no puede llegar a pensar que la cantidad de trabajo contenida se mide por el tiempo de trabajo socialmente necesario que se requiere para producir cualquier valor de uso, y no, como piensa, por el que se lleven un tejedor de mimbre o un pescador en particular.

La deficiente exposición del profesor Jon Elster, en este aspecto, se agrava tanto más porque Marx afirmó: “He sido el primero en exponer críticamente esa naturaleza bifacética del trabajo contenido en la mercancía.” (Ibídem. p. 51.) Por esto, cualquiera más insolente que yo, podría decir que Jon Elster no ha leído a Karl Marx.

*****

Todo esto podría parecer obsesivo, y con justeza se me diría que mucho de lo que he escrito sale sobrando, porque para corregir la exposición de Jon Elster bastaba con decir que no dedica ni una sola línea a la mención del trabajo abstractamente humano, y por ello muchas de sus objeciones carecen de sustento.

Mas, pienso, si lo que se corrige es la omisión de algo en una exposición, la corrección no debe omitir nada en su exposición, para que todo aquel que la lea tenga el panorama completo. Y con mayor razón si lo que se corrige es una introducción, porque si ésta es deficiente, quien entre por ella pasará por una puerta equivocada.

Notas:

– No suelo poner textos muy largos aquí. No sé bien por qué, pero no lo hago. Sin embargo, poner éste me ha parecido útil, porque si tengo razón en que Jon Elster, en Una introducción a Karl Marx, expone de manera deficiente al menos algo de lo que dice Marx, entonces eso nos llevaría a una lectura desconfiada de su texto. Cosa valiosa si alguien intenta usar su libro para lo que está pensado, o sea, como introducción, pues si uno no sabe, no entiende, no conoce o no ha leído a Marx, debe ser prevenido de que no hay que creer todo lo que dice el profesor Elster.

– No he encontrado en Internet el libro de Jon Elster llamado Una introducción a Karl Marx. Sin embargo, lo hallé en inglés. Por si alguien puede leer -y quiere leerlo- en ese idioma, dejo el link.

– En cuanto a la Metafísica de Aristóteles se refiere, además de la edición trilingüe de Valentín García Yebra, cuyo link está en la bibliografía, en Internet también se encuentra la edición de Tomás Calvo Martínez. La segunda me parece destacada también, en especial para una primera lectura de la Metafísica, por contar entre otras cosas con notas explicativas, así que también dejo su link.

Bibliografía.

Aristóteles. Metafísica (edición trilingüe). Traducción: Valentín García Yebra. 2ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 1982. Colección: Biblioteca Hispánica de Filosofía.

Elster, Jon. Una introducción a Karl Marx. Traducción: Mario García Aldonate. Revisión técnica: Andrés de Francisco Díaz. 1ª edición, México: Siglo XXI editores. 1999. Colección: Sociología y Política.

Marx, Karl. El capital. Crítica de la economía política. Tomo I; libro 1. El proceso de producción del capital. Traducción, advertencia y notas: Pedro Scaron. 1ª edición, México: Siglo XXI editores. 1975. Colección: Biblioteca del Pensamiento Socialista.

Filmografía.

Título original: Annie Hall.
Título: Dos extraños amantes.
Director: Woody Allen.
Guión: Marshall Brickman y Woody Allen.
Productores: Charles H. Joffe, Jack Rollins, Robert Greenhut y Fred T. Gallo.
Fotografía: Gordon Willis.
Edición: Wendy Greene Bricmont y Ralph Rosenblum.
Música: Artie Butler.
País: Estados Unidos.
Año: 1977.
Elenco: Woody Allen (Alvy Singer), Diane Keaton (Annie Hall), Tony Roberts (Rob), Carol Kane (Allison), Paul Simon  (Tony Lacey).

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