Lo secreto dicho por el cuerpo.

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Algunos vicios, placeres deshonestos o placeres culpables, son por lo común mantenidos en secreto. Ni siquiera los amigos, si es que uno los tiene, saben de ellos por nuestra boca; de hecho, no serían amigos si Séneca y Henry Miller tienen razón al coincidir en que los amigos deben ser, ante todo, sinceros. (Cfr. Séneca. Cartas a Lucilio. III, 1-3. Y Cfr. Henry Miller. “Al cumplir ochenta”. pp. 20-21.) Como sea, el caso es que todos aquéllos son mantenidos en secreto, en tanto que no se habla de ellos con nadie. No obstante, hay un medio, según dicen algunos, en que se hacen manifiestos, y de este modo no son nada secretos, sino que están a la vista de todos.

Tal medio es el cuerpo. Recuerdo haber leído esa idea, alguna vez, en un escrito de San Gregorio de Nisa, pero he olvidado cuál fue y no lo tengo, por ello me es imposible ahora darle el crédito que se merece. Valga esto como una anotación de que en la sucesión del tiempo, San Gregorio de Nisa pensó eso hace mucho tiempo. Mucho antes de Oscar Wilde, quien en El retrato de Dorian Gray escribió: “El pecado es algo que los hombres llevan escrito en la cara. No se puede ocultar. La gente habla a veces de vicios secretos. No existe tal cosa. Si un pobre desgraciado tiene un vicio, lo denuncian las arrugas de la boca, la caída de los párpados, incluso la forma de las manos.” (Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray. p. 198.)

Tal idea, parece claro, es desarrollada, o es una de las bases importantes de El retrato de Dorian Gray. Mas éste no es el tema aquí ni ahora. Aceptemos esta tesis: todo vicio, placer deshonesto o culpable, se manifiesta a través del cuerpo, de tal modo que aunque no se hable de él, sin embargo está a la vista de todos. Tesis, es seguro, no correcta en todos los casos, ni perceptible para todos aquellos con ojos; no obstante, no incorrecta. El que no puede ver sin lascivia a las jóvenes, tal vez se deleita en la oscuridad recurrentemente con algo o con alguien; aquel que oculta siempre partes de su cuerpo, quizá tiene marcas hechas por sí mismo que no desea mostrar.

El cuerpo, pues, dice aquello que callamos.

Pero, ¿habrá un cuerpo que diga lo que una ciudad calla? O, si se prefiere, por no querer “la ciudad” hacerse cargo de lo que algunos de sus miembros hacen, ¿habrá un cuerpo que manifieste lo que algunos seres humanos hacen, o desean hacer, y no dicen? Sí, y uno de ellos, pues quizá hay otros, es el de aquella que llamamos prostituta.

Federico Gamboa supo esto hace tiempo, y al comienzo de Santa escribió, por boca de ella, lo siguiente:

No le digas a nadie -se burlarían y se horrorizarían de mí- pero ¡imagínate!, en la Inspección de Sanidad, fui un número; en el prostíbulo, un trasto de alquiler; en la calle, un animal rabioso, al que cualquiera perseguía; y en todas partes, una desgraciada.

Cuando reí, me riñeron; cuando lloré, no creyeron en mis lágrimas; y cuando amé, ¡las dos únicas veces que amé!, me aterrorizaron en la una y me vilipendiaron en la otra. Cuando cansada de padecer, me rebelé, me encarcelaron; cuando enfermé, no se dolieron de mí, y ni en la muerte hallé descanso; unos señores médicos despedazaron mi cuerpo, sin aliviarlo, mi pobre cuerpo magullado y marchito por la concupiscencia bestial de toda una metrópoli viciosa… (Federico Gamboa. Santa. p. 21.)

Gamboa tenía el poder de escribir bellamente. Algo maravilloso, y digno de toda nuestra admiración y envidia. Mas, a veces, la escritura bella nubla un poco -para algunas almas- la crueldad que se está expresando. Y en ocasiones es necesario tener clara la crueldad que llevamos a cabo; no para indignarse o algo parecido, eso sobra en el mundo, sino sólo para tener claro lo que hacemos, y quizá pensar qué haremos.

Así pues, también contamos con testimonios de aquellas cuyos cuerpos dicen lo que una ciudad calla: «En la calle había otras muchachas. Algunas de ellas eran mis “carnalas”, o sea, trabajaban para el mismo padrote. La mayoría eran crueles, se habían vuelto malas. Se dedicaban a vigilarse, a acusarse, a inventarse chismes. Siempre andaban golpeadas, con el ojo cerrado o las costillas llenas de moretones. Me paré en la esquina y dije: “Ay, Dios mío, y ahora qué”. Luego luego llegó el primer cliente: un hombre feo, de cuarenta y tantos años. Yo estaba llorando. Se me subió sin preguntarme por qué lloraba. Lo ensucié de sangre y cuando terminó me miró con asco y se limpió con una toalla. Cada cosa era peor. Esa noche estuve con 14 clientes. Terminé con la vagina inflamada, lastimada, con un dolor horrible en el vientre.» (Héctor de Mauleón. Esclavas de la calle Sullivan. Nexos en línea.)

Desde luego, habrá alguien que diga que eso sólo lo hacen algunos pocos, pero antes de expresarse así habría que leer esto: “Yo no quería saber nada de hombres, nada de sexo, nada. Sentía asco. Todas las noches llegaban drogados, alcoholizados, casi cayéndose de borrachos. Y luego, en el cuarto, se ponían pesados. Te insultan, te quieren obligar a beber, a drogarte, a hacer cosas que no quieres, a tener sexo sin protección. A veces te sacan navajas, pistolas. A Sullivan llegan gringos, canadienses, venezolanos, chilenos, chinos, coreanos, italianos, haitianos, todos te tratan igual. Todos ellos son lo mismo.” (Ídem.)

Un cuerpo, pues, puede decir lo que una ciudad calla. Es más, justo ahora, mientras escribo esto, algunos cuerpos están padeciendo algunos vicios, placeres deshonestos o culpables que tiene una ciudad, y no serán dichos, por quien los hizo padecer, a nadie ni mañana ni nunca. Y sin embargo esos cuerpos los estarán gritando mañana.

Bibliografía.

Gamboa, Federico. Santa. 1ª edición, México: Fondo de Cultura Económica. 2006. Colección: Biblioteca Universitaria de Bolsillo.

Miller, Henry. “Al cumplir ochenta” en Al cumplir ochenta. Traducción: Zulai Marcela Fuentes. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México. 2004. Colección: Pequeños Grandes Ensayos/20. pp. 20-21.

Séneca. Cartas a Lucilio. Traducción: José M. Gallegos Rocafull. México: Universidad Nacional Autónoma de México. 1980. Colección: Nuestros Clásicos/53.

Wilde, Oscar. El retrato de Dorian Gray. Traducción: José Luis López Muños. 1ª edición, Madrid: Alianza Editorial. 1999. Colección: Literatura-Clásicos/5526.

Hemerografía.

De Mauleón, Héctor. (2013, 1 de Julio) Esclavas de la calle Sullivan. Nexos en línea. Recuperado el 12 de octubre de 2013, de http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2204218

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