Los buscadores de citas.

Wittgenstein_Swansea_1947

“De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca.” (Ludwig Wittgenstein. Tractatus logico-philosophicus. 7.) Esta proposición del Tractatus logico-philosophicus, según dice Luis Valdés Villanueva en su Introducción a este libro, ha sido muchas veces citada en vano. Esto en parte se debe a la forma en que el libro está escrito, pues “las proposiciones del Tractatus tienen a primera vista la forma de aforismos y eso las convierte en presa fácil de los buscadores de citas que se sienten autorizados para extraerlas de su contexto y usarlas a placer para dar lustre a cualquier afirmación, case ésta o no con las posiciones filosóficas de Wittgenstein. (Luis M. Valdés Villanueva. “Introducción” en Ludwig Wittgenstein. Op. Cit. p. 57.)

Dicho esto, Luis Valdés nos advierte lo siguiente: “El lector ha de tener en cuenta que las proposiciones del Tractatus se diferencian de los aforismos en que están insertas en una rígida estructura en la que mantienen relaciones muy estrechas entre sí.” (Ídem.) O dicho de forma más directa: el lector debe abstenerse de extraer alguna proposición e intentar leerla sin todas las demás.

Algo semejante he escuchado con respecto a Nietzsche: es un autor muy citable, o sea, es presa fácil de los buscadores de citas. Heidegger, por ejemplo, los denunció con respecto a Así habló Zaratustra: “Nietzsche dio a este libro un subtítulo, como compañero de viaje. Dice así: «Un libro para todos y para nadie». […] «… y para nadie», esto quiere decir: para nadie de los curiosos que afluyen en masa de todas partes, que lo único que hacen es emborracharse con fragmentos aislados y con sentencias concretas de este libro y que, a ciegas, van dando tumbos en un lenguaje medio cantarín, medio gritón, ahora meditativo, ahora tempestuoso, a menudo de altos vuelos, pero a veces chato y bidimensional, en vez de ponerse en camino hacia el pensar que está aquí buscando su palabra.” (Martin Heidegger. “¿Quién es el Zaratustra de Nietzsche?” p. 91; 97.) O piénsese simplemente en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, donde Mary cita despreocupadamente sólo el final del parágrafo 217 de Más allá del bien y del mal: “Bienaventurados los olvidadizos: pues «digerirán» incluso sus estupideces.” (Friedrich Nietzsche. Más allá del bien y del mal. Preludio de una filosofía del futuro. § 217; p. 174.)

¿Por qué son mal vistos, sin embargo, los buscadores de citas? Al parecer es porque, como escribe Luis Valdés, buscan dar lustre a cualquier afirmación, o dicho de otra forma, según lo entiendo, porque usan las palabras de alguien que consideran genial, sobresaliente, brillante, preclaro, etcétera, para que ello le dé esplendor a sus propias afirmaciones. Así pues, estos buscadores de citas usan las palabras de otros como una herramienta para dar lustre. Ello quiere decir que la relación que guardan con las citas es de aplicación, pues tienen dos objetos, y uno de ellos es aplicado al otro: tienen sus propias afirmaciones y para darles lustre recurren a la herramienta, al instrumento o al método que consiste en expresarlas, compararlas o apoyarlas con las palabras de ese alguien genial, sobresaliente, brillante, preclaro. (Cfr. Louis Althusser. Curso de filosofía marxista para científicos. pp. 29-51.) Dependiendo de cómo las usen, serán de uno u otro subtipo de buscador de citas: si las usan para expresar sus afirmaciones, serán de aquellos que gustan de dar máximas; si las usan para compararlas con sus afirmaciones, regularmente dirán primero lo que creen y después, según sea el caso, dirán “tal como dijo x…” o “aunque x haya dicho que…”, pues tanto más equivocado esté x más en lo correcto se está; y si las usan para apoyar sus afirmaciones, serán una especie de combinación de los dos tipos anteriores -o, tal vez, los dos anteriores no son tipos de buscador de citas, sino sólo la descomposición de éste-, pues darán una máxima que considerarán como prueba irrefutable de que están en lo correcto.

De este modo, en fin, los buscadores de citas comenten dos faltas a los ojos de algunos: la primera consiste en que extraen una afirmación de un todo, que debe ser leído como tal, y del cual no se pueden extraer partes sin desvirtuar o corromper el sentido que tienen; la segunda, en que usan esas partes extraídas únicamente como una herramienta.

No obstante, ¿está vedado el extraer una cita de un todo, por más compacto y ligado que se encuentre todo en él? Pensamos que no. Admitámoslo, incluso sin el perdón de Luis Valdés Villanueva: los filósofos se preocupan mucho por salvaguardar la integridad de un todo. Quizá habría que preguntarse de vez en cuando: “Well, what’s wrong with a little destruction?” (Franz Ferdinand; You Could Have It So Much Better, “The Fallen”)

Extraer una cita de un todo puede hacerse sin ningún problema. Pero usarla únicamente como una herramienta para dar lustre parece ser quedarse muy corto. Habría, pensamos, que hacer algo más que enmarcarla como una máxima. Habría, pues, que guardar con las citas una relación de constitución, no sólo de aplicación, es decir: se tendría que hacer interactuar la cita extraída con todo aquello que ya esté en nosotros, y como todo lo nuevo que se agrega a algo trae consigo, necesariamente, un cambio en la ordenación que se tenía, seremos capaces de expresar algo que no será la cita ni aquello que pensábamos antes de conocerla. Llamamos a esto: cita comentada. El nombre es problemático, sin embargo, pues da a entender que la cita es disociable del comentario o viceversa. O, así también, puede dar a entender que el comentario está, todo él, en la cita y/o que la cita resume el comentario. Pero ninguno de éstos es el caso: la cita comentada es “algo nuevo” que si bien no hubiera resultado sin la cita extraída ni sin aquello que pensábamos antes de conocerla; sin embargo, no es la suma de esto o el despliegue de uno. Es, más bien, muestra de una nueva ordenación provocada, en parte, por el haber añadido algo que antes no estaba.

Todo esto no quiere decir, empero, que deban desaparecer los buscadores de citas que guardan con ellas una relación de aplicación; más bien, sólo estamos hablando de otro tipo de buscador de citas, uno que guarda con ellas una relación de constitución. Podría pensarse que esto último va en contra de lo que decíamos, sobre que usar una cita únicamente como una herramienta para dar lustre parece ser quedarse muy corto, pero no es así: porque el segundo tipo de buscador de citas es al comienzo uno que guarda con ellas una relación de aplicación. Es decir, primero se maravilla con la contundencia, con la expresión o el contenido de ella; la leerá, pues, como una máxima e incluso quizá la usará en algunas de las formas que ya hemos mencionado. Pero después hará su comentario. Usar una cita únicamente como una herramienta para dar lustre parece ser quedarse muy corto, por quedarse en el primero de dos pasos.

Título original: Eternal Sunshine of the Spotless Mind.
Título: Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.
Director: Michel Gondry.
Guión: Charlie Kaufman, Pierre Bismuth y Michel Gondry.
Productores: Steve Golin y Anthony Bregman.
Fotografía: Ellen Kuras.
Edición: Valdis Óskarsdottir.
Música: Jon Brion.
País: Estados Unidos.
Año: 2004.
Elenco: Jim Carrey (Joel Barish), Kate Winslet (Clementine Kruczynski), Elijah Wood (Patrick), Thomas Jay Ryan (Frank), Mark Ruffalo (Stan), Kirsten Dunst (Mary).

Bibliografía.

Althusser, Louis. Curso de filosofía marxista para científicos. Traducción: Albert Roies. 1a edición, Buenos Aires: Editorial Diez. 1976. pp. 29-51.

Heidegger, Martin. “¿Quién es el Zaratustra de Nietzsche?” en Conferencias y artículos. Traducción: Eustaquio Barjau. 1a edición, Barcelona: Ediciones del Serbal. 1994. Colección: Odós/5. pp. 91-112.

Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal. Preludio de una filosofía del futuro. Traducción, introducción y notas: Andrés Sánchez Pascual. 1ª edición, Madrid: Alianza Editorial. 1997. Colección: Libro de bolsillo / Biblioteca Nietzsche.

Valdés Villanueva, Luis M. “Introducción” en Ludwig Wittgenstein. Tractatus logico-philosophicus. Traducción, introducción y notas: Luis M. Valdés Villanueva. 3a edición, Madrid: Editorial Tecnos. 2007. Colección: Los esenciales de la filosofía. pp. 15-80.

Wittgenstein, Ludwig. Tractatus logico-philosophicus. Traducción, introducción y notas: Luis M. Valdés Villanueva. 3a edición, Madrid: Editorial Tecnos. 2007. Colección: Los esenciales de la filosofía.

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