Las posibilidades sugeridas por los sueños y su realización.

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En Juego Africanos, el joven Berger sentía gran atracción por las tierras africanas, debido a sus lecturas de crónicas de viaje por esas tierras. Ello hizo que comenzara a fraguar “toda una serie de planes descabellados sobre cuál era el mejor modo de aproximarse a la zona de los grandes pantanos, de la malaria y del canibalismo.” (Ernst Jünger. Juegos africanos.  p. 13.) Según nos refiere, “acaricié toda una serie de ideas, como las que sin duda cada cual conoce por sus recuerdos precoces: quería abrirme paso como polizón, como grumete o como menestral ambulante. Pero al final se me ocurrió alistarme en la Legión Extranjera, para alcanzar, al menos, el linde de la tierra prometida y después penetrar en su corazón por cuenta propia”. (Ídem.) No obstante, para poder alistarse en la Legión Extranjera debía salir primero de su provinciana ciudad, pues la Legión Extranjera no era “una de esas fuerzas oscuras a las que basta conjurar en la próxima encrucijada cuando se pretende pactar con ellas” (Ídem.), y encontrarse con un reclutador en su ciudad, “tan pacifica y adormilada, […] parecía harto inverosímil.” (Ídem.)

Sin embargo, así también, el joven Berger nos refiere que “no ignoraba que toda situación está sometida a una gran fuerza de gravedad, y que para vencer esa resistencia no basta con pensar en ello. Por su puesto, cuando por la tarde, antes de dormirme, pensaba en levantarme y fugarme, nada se me antojaba más fácil y simple que vestirme en un santiamén, acudir a la estación y subirme al próximo tren. Pero en cuanto acto seguido intentaba siquiera moverme, me sentía lastrado por pesas de plomo. Este desajuste entre las exuberantes posibilidades sugeridas por los sueños y las más insignificantes medidas necesarias para su realización me enojaba mucho. Aunque no me fatigara recorrer a mi antojo los parajes más intransitables en mi espíritu, me daba cuenta, al mismo tiempo, de que en el mundo real la mera acción de sacar un billete exigía un esfuerzo mucho más arduo de lo que me había figurado.” (Ernst Jünger. Op. cit. p. 14.)

Hay, pues, un desajuste entre las posibilidades sugeridas por los sueños y su realización, ya que fácilmente podemos pensar e imaginarnos realizándolas, empero, comenzar su realización requiere un esfuerzo mucho más arduo. ¿Por qué existe este desajuste? ¿Por qué es tan fácil pensar e imaginar la realización de nuestros sueños, y tan difícil el comenzar a realizarlos? Jünger nos dice que es porque “toda situación está sometida a una gran fuerza de gravedad, y que para vencer esa resistencia no basta con pensar en ello.” (Ídem.)

¿Qué se quiere decir con esto? Jünger parece estar pensando que cada uno puede estar, al menos, en dos mundos: en el mundo real y en el espíritu. De este modo, el joven Berger nos dice que podía “recorrer a mi antojo los parajes más intransitables en mi espíritu” (Ídem. El subrayado es nuestro.). Pero que, al mismo tiempo, se daba cuenta “de que en el mundo real la mera acción de sacar un billete exigía un esfuerzo mucho más arduo de lo que me había figurado.” (Ídem. El subrayado es nuestro.) El joven Berger, entonces, según parece, puede estar en dos mundos, como decíamos.

Todo parece indicar, pues, que es en el espíritu donde cada uno puede pensar e imaginarse realizando sus sueños, pero si bien esto puede considerarse también una vivencia o una experiencia, no obstante, el nombre “situación” parece estar reservado, según leemos lo que dice Jünger, a lo que acontece en el mundo real, quizá porque aquí, más que en los sueños, podemos dar razón, en mayor o menor grado, del espacio, tiempo y estado en que estamos. Las vivencias o experiencias pensadas e imaginadas en el espíritu, de este modo, serían livianas, pues las situaciones, por su parte, son las que están sometidas, como escribe Jünger, a una gran fuerza de gravedad.

Mas, ¿de dónde viene y cuál es esa gran fuerza de gravedad? Uno puede estar, decíamos, al menos en dos mundos: en el mundo real y en el espíritu. Lo que acontece en aquél se llaman situaciones; en éste, bien pueden también denominarse vivencias o experiencias. Pero aquí Jünger no está pensando en situaciones abstractas, comunes a todos y a nadie, sino en situaciones referidas a alguien en particular, al joven Berger; las situaciones que él vive, pues, todos los días. ¿Qué forma hay de referirse a las situaciones que uno vive todos los días? La vida cotidiana, pues no parece haber otra forma.

La fuerza de gravedad de la que habla Jünger, entonces, parece provenir de la costumbre. Pero, ¿cuál es esa gran fuerza de gravedad? Al parecer, es una relativa estabilidad, tranquilidad y comodidad, afianzadas tanto más cuanto más acostumbrados estemos a hacer algo, si se comparan con el miedo y la incertidumbre que significan el salirse de la vida cotidiana para hacer algo nuevo y misterioso.

Es de este modo que el joven Berger escribe que para realizar sus sueños necesitaba demostrar tener “suficiente valor para alejarme de la vida cotidiana.” (Ernst Jünger. Op. cit. pp. 13-14.) Y que su enemigo más feroz era él mismo, pues era “un tipo apoltronado que amaba pasarse el tiempo soñando tras los libros y ver cómo sus héroes viajaban por parajes peligrosos, en vez de imitarlos y partir en plena noche y rodeado de la niebla.” (Ibídem. p. 14. El subrayado es nuestro.) Es decir: su costumbre tan afianzada de pasarse soñando tras los libros le parecía tan cómoda, tranquila y estable, comparada con el miedo de salir a imitar a sus héroes, que por ello, como escribe, “sabía perfectamente que el primer mayor obstáculo para dar el primer paso al mundo de la aventura era mi propio miedo.” (Ídem.)

Entonces, regresando, ¿por qué es tan fácil pensar e imaginar la realización de nuestros sueños, y tan difícil el comenzar a realizarlos? En el comienzo, la respuesta es sencilla: porque una y otra cosa están en diferentes mundos, el pensar e imaginar la realización de nuestros sueños se hace en el espíritu, pero su realización se hace en el mundo real. Mas la respuesta se puede hacer más compleja: en el espíritu, no hay fuerza de gravedad dada por la costumbre, no nos vemos obligados o empujados a pensar e imaginar lo mismo todos los días de forma más o menos igual, sino que podemos pensar e imaginar tanto cuánto queramos, y por ello las vivencias o experiencias pensadas e imaginadas en el espíritu son livianas. Comenzar a realizarlos es difícil y requiere un esfuerzo muy arduo porque hay que luchar contra nosotros mismos, para así poder vencer la fuerza de gravedad dada por la costumbre. Hay que luchar, pues, contra el miedo, contra la cobardía, contra la incertidumbre, etcétera, que nos despierta el hacer algo nuevo y misterioso.

Hacer esto, luchar contra nosotros mismos, contra nuestro miedo, nuestra cobardía, nuestra incertidumbre, se sabe, no es nada fácil. Y, como escribe Jünger, “para vencer esa resistencia no basta con pensar en ello” (Ídem.); es decir: sólo pensar e imaginarnos realizando nuestros sueños no es suficiente para realizarlos. Esto significa, es obvio, que pensar e imaginarnos realizándolos si bien no basta, sí es importante en alguna forma: ellos son algo que nos susurra que debemos aventurarnos, pues vale la pena hacerlo.

Entonces, pues, para realizar las posibilidades sugeridas por los sueños, es preciso, aunque no suficiente, pensar e imaginarnos realizándolos, además de luchar contra nosotros mismos y de este modo lograr tener el valor suficiente para alejarnos de la vida cotidiana. Amélie ya nos mostró esto: el imaginarse viviendo junto a Nino no es suficiente para que ello se realice. Y Raymond Dufayel le dijo lo otro a Amélie: cuando ella dijo estar planeando una estratagema, él respondió que más bien era cobardía, y que ello haría que no consiguiera lo que sueña. De este modo, si no luchaba contra sí misma, contra su cobardía, Amélie continuaría viviendo en un sueño.

Título original: Le Fabuleux Destin d’Amélie Poulain.
Título: Amélie.
Director: Jean-Pierre Jeunet.
Guión: Guillaume Laurant y Jean-Pierre Jeunet.
Productores: Jean-Marc Deschamps, Claudie Ossard y Arne Meerkamp van Embden.
Fotografía: Bruno Delbonnel.
Edición: Hervé Schneid.
Música: Yann Tiersen.
País: Francia.
Año: 2001.
Elenco: Audrey Tautou (Amélie Poulain), Mathieu Kassovitz (Nino Quincampoix), Serge Merlin (Raymond Dufayel), Clotilde Mollet (Gina), Claire Maurier (Madame Suzanne), Isabelle Nanty (Georgette), Dominique Pinon (Joseph), Artus de Penguern (Hipolito), Urbain Cancelier (Collignon)

Bibliografía.

Jünger, Ernst. Juegos africanos. Traducción: Enrique Ocaña. 1ª edición, Barcelona: Tusquets Editores. 2004. Colección: Andanzas/541.

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