Una anotación de Richard Matheson sobre la ornamentación y la funcionalidad en la vida.

Richard Matheson, Author In France On May 12, 2000.

En Soy leyenda, al parecer todos se han convertido en vampiros, excepto Robert Neville. Esta soledad en que vive, por no haber más seres como él, sirve como base para que Richard Matheson nos dé algunas anotaciones en lo que respecta a la ornamentación y la funcionalidad de las cosas. Pues bien, después de que Matheson nos habla del usual reconocimiento a la casa y sus alrededores que Robert Neville hacía todos los días, escribe:

Volvió a la casa. Mientras abría la puerta de calle, vio en el espejo una distorsionada imagen de sí mismo. Un mes antes había clavado allí aquel espejo agrietado. Pocos días más tarde, algunos trozos caían en el porche. Que siga cayendo, pensó. No colgaría allí otro condenado espejo; no valía la pena. Había puesto en cambio unas cabezas de ajo. Era más eficaz.

Atravesó lentamente el oscuro silencio de la sala, dobló por el pasillo de la izquierda, y entró en el dormitorio.

En otro tiempo los adornos había abarrotado la habitación, pero ahora todo era enteramente funcional. Como la cama y el escritorio ocupaban tan poco espacio, había transformado una pared en almacén.

En el estante había un serrucho, un torno y una piedra esmeril. Sobre él, en la pared, todo un muestrario de herramientas.

Neville tomó un martillo y extrajo del desorden de una caja unos pocos clavos. Volvió a salir, y clavó rápidamente el tablón en la persiana, arrojando los clavos sobrantes en la derrumbaba puerta próxima.

Durante un rato se quedo allí, de pie en el jardín, observando la calle larga y silenciosa. Era un hombre alto, de treinta y seis años de edad, de ascendencia inglesa y alemana. Nada de notable había en su rostro, excepto la boca, ancha y firme, y los ojos azules y brillantes, que observaban ahora las ruinas de las casas aledañas. Las había quemado para evitar que vinieran por los techos.

Luego de algunos minutos, respiró hondamente y volvió a entrar. Arrojó el martillo sobre el sofá del vestíbulo, encendió otro cigarrillo, y bebió el vaso de la media mañana.

Poco después entró de mala gana en la cocina. Tenía que librarse de la basura acumulada en el vertedero. Sabía que debía quemar también los platos y utensilios de papel, y luego limpiar los muebles, y lavar el lavabo y la bañera, y cambiar las sábanas y la funda de la almohada. Pero estaba solo, y esas cosas no eran importantes. (Richard Matheson. Soy leyenda. pp. 9-11. Los subrayados son nuestros.)

Según parece, puede verse una cierta contraposición, que hemos subrayado, entre la ornamentación y la funcionalidad de las cosas, además del énfasis que le pone Richard Matheson, al expresarla dos veces. Mas es justo que cualquiera pregunte: ¿funcionalidad para qué fines?

Todo parece indicar que el fin no es otro si no mantenerse con vida lo más a gusto posible. Esto parece hacerse claro más adelante, cuando se ocupa de la limpieza de sus dientes: “Se limpió con cuidado los dientes. Era ahora su propio dentista y debía cuidarse. Muchas cosas podían irse al diablo, pero no su salud.” (Ibídem. p. 17.) ¿Por qué su salud no podía irse al diablo? Una posible respuesta es que si la mandaba al diablo, y no cuidaba sus dientes, por ejemplo, seguramente se vería agobiado en el futuro por varios dolores, y de esta forma seguiría vivo, pero en ningún modo se sentiría a gusto.

El fin, entonces, no parecer ser otro si no es mantenerse con vida lo más a gusto posible. De esta forma nos podemos explicar también el que, en vez de los adornos que antes habían abarrotado la habitación, Robert Neville haya instalado un almacén y un muestrario de herramientas, pues de este modo no tiene que viajar largas distancias por una herramienta cada vez que necesita hacer alguna reparación, y así también no tiene la necesidad de viajar constantemente en busca de alimento. Tampoco es necesario que con vistas a ese fin, limpie, lave y arregle la casa, ya que está solo, y aún no se siente incomodado por la suciedad o el desorden.

Dicho esto, podría pensarse que Richard Matheson, entonces, nos está diciendo que no hay que preocuparse tanto por que las cosas se vean bien, por que estén adornadas, por que sean agradables a la vista, pues lo importante radica en que sean funcionales. Esto fácilmente podría aunarse a los reproches que algunos lanzan contra la sociedad, lo cuales dicen que ésta es muy superficial, que se preocupa mucho por las apariencias, que sólo se ocupa de lo físico, etcétera. Pero sería un error, pensamos, creer que Richard Matheson está diciéndonos algo semejante a ellos. Su pensamiento es mucho más fino, y por ello para captarlo se requiere de mayor atención.

No hay que perder de vista el contexto de Soy leyenda: Robert Neville está solo; no puede alejarse mucho de donde vive, pues cada vez que el sol se pone los vampiros salen de sus escondites; y su casa es asediada todas las noches por ellos. Ésta es la base sobre la cual Richard Matheson nos da algunas anotaciones en lo que respecta a la ornamentación y la funcionalidad de las cosas. Pues bien, esta base hace que ellas se diferencien una de la otra más fácilmente, ya que el fin para el cual son hechas las cosas se manifiesta claramente: mantenerse con vida lo más a gusto posible. Esto porque, siendo el único superviviente, no habiendo nadie más como él, estando impedido el viajar largas distancias, al vivir rodeado por seres que no dudarían en acabar con él, ¿qué más se puede hacer si no es vivir cómodamente, o lo más cómodamente que se pueda? Robert Neville pasa sus días no sólo agobiado por sus recuerdos, haciendo reparaciones, deshaciéndose de cadáveres, tentado por las cosas que ya no puede realizar y asesinando vampiros, sino también escuchando música, leyendo, investigando, bebiendo y fumando. Con miras a ese fin se juzga la funcionalidad, y todo lo que no tenga que ver con esto es ornamento.

El que se manifieste claramente el fin para el cual son hechas las cosas permite tener un claro parámetro con el cual diferenciar la ornamentación y la funcionalidad: algo es funcional si nos permite cumplir ese fin, y se debe hacer y es importante hacerlo; y si algo no nos lleva a él, entonces es mera ornamentación. Véase el por qué se limpia con cuidado los dientes Robert Neville: no se los limpia para evitar la incomodidad que acarrearía el tener halitosis, para verse bien, para tener una bonita sonrisa; los limpia con cuidado para evitar un futuro malestar, que sin duda haría incómoda la vida.

Pero esto, lo que nos dice Richard Matheson, en nada es semejante a los reproches que algunos lanzan contra la sociedad. Más bien, nos está diciendo cómo diferenciar la ornamentación y la funcionalidad. Con miras a un fin es como se diferencian una de otra, nos dice. Nuestras sociedades, sin embargo, son más complejas si se comparan con el mundo en el que vive Robert Neville, y esto trae consigo el que no haya sólo un fin, sino varios. No buscamos únicamente el mantenernos con vida lo más a gusto posible. Hay más fines: conquistar a alguien, hacer un viaje largo, visitar cierto lugar, tener fama, querer aprender algo, etcétera. Visto así, para cada uno, según sus propios fines, hacer esto o aquello será funcional u ornamentación. Para el que quiere maravillar a sus visitas es funcional llenar su casa de luz y adornos, pero para el que no lo busca, esto es sólo ornamentación. Para el que busca tener una buena apariencia, limpiar con cuidado su boca es funcional; para el que no le importa su apariencia, pero sí su salud bucal, limpiar con cuidado su boca es funcional. Para cada cual, pues, hacer esto o aquello es funcional u ornamental, según los fines que busca.

Bibliografía.

Matheson, Richard. Soy leyenda. Traducción: Manuel Figueroa. 2ª edición, México: Ediciones Minotauro. 2003. Colección: Pegasus.

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