Reflexiones sobre la guillotina: el argumento de la ejemplaridad del castigo.

El ensayo de Albert Camus sobre la pena de muerte se llama Reflexiones sobre la guillotina y, en efecto, está pensando en la guillotina como el medio de ejecución. Al escuchar esto, fácilmente podría pensarse que lo que escribe sólo aplica a ella. No obstante, no es así: pone énfasis más en los argumentos que se dan en favor de la pena de muerte, y no tanto en los medios que se utilizan para llevarla a cabo, si bien es cierto que sus ejemplos, testimonios e imágenes son sobre ejecuciones por medio de la guillotina. Por esta razón su ensayo aún debe estar presente en la reflexión.

Pues bien, con una honestidad que se debe mencionar, antes de entrar en materia, Camus nos dice cuál es su convicción respecto a la pena de muerte: “En cuanto a mí, no solamente la creo inútil, sino profusamente perjudicial, y debo consignar aquí está convicción antes de entrar en materia. No sería honesto dejar creer que he llegado a esta conclusión después de semanas de investigaciones y búsquedas que acabo de dedicar a esta cuestión. Pero también sería deshonesto no atribuir mi convicción más que a una sensiblería. […] Durante años, no pude ver en la pena de muerte más que un suplicio insoportable a la imaginación y un desorden perezoso que mi razón condenaba. Estaba dispuesto, sin embargo, a pensar que la imaginación influía en mi juicio. Pero, en verdad, nada he encontrado durante esas semanas que no haya reforzado mi convicción o que haya modificado mis razonamientos. Al contrario, a los argumentos que eran ya míos, otros vinieron a agregarse. En la actualidad, comparto absolutamente la convicción de Koestler: la pena de muerte mancha nuestra sociedad, y sus partidarios no pueden justificarla con razón.” (Albert Camus. “Reflexiones sobre la guillotina” en La pena de muerte. p. 116.)

Dicho esto, nos informa lo que hará: “desarrollaré solamente los razonamientos que prolongan los de Koestler y que, al mismo tiempo que ellos, militan por una abolición inmediata de la pena capital.” (Ibídem. p. 117.) Así, entonces, es conveniente leer, junto al ensayo de Camus, el Arthur Koestler, que se llama Reflexiones sobre la horca, el cual, según escribe José Luis Pardo, es un clásico “cuya argumentación es tan variopinta como demoledora”. (José Luis Pardo. A sangre fría. EL PAÍS.)

El ensayo de Camus, por su parte, tiene muchas y variadas cuestiones, pero por ahora, aquí, hablemos de lo que él llama el gran argumento de los partidarios de la pena de muerte: el argumento de la ejemplaridad del castigo. Pues bien, nos dice Camus que el gran argumento de los partidarios de la pena de muerte es que no sólo los culpables son castigados, sino que también se hace “para intimidar, por medio de un ejemplo terrible, a los que se sientan tentados de imitarlos.” (Albert Camus. Op. cit. p. 117.)

No obstante, como primer problema a este argumento, escribe, está el que en realidad no se cree en la ejemplaridad de la pena de muerte, pues si en verdad se creyera, las ejecuciones serían públicas, tendrían gran publicidad, y sabríamos a detalle todo lo que acontece antes, durante y después de ellas. Camus cuenta, por ejemplo, lo que pasó con la ejecución pública de Eugen Weidmann, en 1939, a la cual asistió una gran cantidad de fotógrafos, quienes pudieron tomar fotografías desde que aquél fue presentado a la multitud hasta que fue decapitado. Horas más tarde, Paris-Soir publicó una página de ilustraciones. Pero “la administración y el gobierno, contrariamente a toda esperanza, recibieron muy mal esa excelente publicidad y gritaron que la prensa había querido halagar los instintos sádicos de su lectores. Se decidió, entonces, que las ejecuciones ya no se efectuarían en público”. (Ibídem. p. 118.) Y, en efecto, la ejecución de Wiedmann fue la última ejecución pública en Francia.

Piensa Camus que «para que la pena sea realmente ejemplar, es necesario que sea espantosa. Tuaut de La Bouviere, representante del pueblo en 1791, y partidario de las ejecuciones públicas, -escribe Camus- era más lógico al declarar a la Asamblea nacional: “Hace falta un espectáculo terrible para contener al pueblo”.» (Ídem.) ¿Cómo hacer la pena de muerte espantosa, terrible, y de este modo realmente ejemplar? Al parecer, con lo que habíamos ya escrito: con la publicidad y haciendo conocer cada detalle sobre ella.

En cuanto a la publicidad que debería dársele, podemos leer lo siguiente: “Si se quiere que la pena sea ejemplar se debe, en efecto, no solamente multiplicar las fotografías, sino plantar también la maquina sobre un patíbulo en la plaza de la Concorde, a las dos de la tarde, invitar al pueblo entero y televisar la ceremonia para los ausentes.” (Ídem.) Sólo haciendo esto, piensa Camus, se puede hablar de ejemplaridad. ¿Por qué? Pues bien, sobre las ejecuciones sólo tenemos conocimiento “de oídas y de tiempo en tiempo.” (Ídem.) Esto porque ellas se realizan ante un grupo limitado de personas, y las noticias que tenemos todos los demás nos llegan, anota Camus, por medio de formulas estereotipadas, tales como que «el condenado “ha pagado su deuda a la sociedad”, o que ha “expiado”, o que “a las cinco horas se hizo justicia”.» (Albert Camus. Op. cit. p. 114.) Más aún, la amenaza de la pena de muerte se enuncia suavemente: “si hace tal cosa, morirá”. “Si mata, morirá en la guillotina” (Ibídem. p. 119.), éste es el caso que anota Camus.

Con todo esto, escribe: “un futuro criminal, ¿cómo podría tener en la mente, en el momento del crimen, una sanción que se ingenian en hacer cada vez más abstracta?” (Ídem.) A decir verdad, Camus parece tener razón, pues, al fin y al cabo, para nosotros, una amenaza de muerte está presente todos los días, ya que es sabido que nada nos asegura que estaremos vivos el día siguiente, y sin embargo, vivimos como si ella no existiera. Es por esto que entre la publicidad de la pena de muerte debe estar el que nos sea conocido cada detalle sobre ella. Y, de este modo, por consiguiente, no nos sea presentada como un castigo suave y expedito. Así, en lugar de decir: “si hace tal cosa, morirá”; antes bien, “habría que tratar de grabar profundamente esa sanción, y su terrible realidad, en todas las sensibilidades, por todos los medios de la imagen y del lenguaje”. (Ídem.)

Habría que decir, por ejemplo: “Si mata, será encerrado en una prisión durante meses o años, en medio de una desesperación inimaginable y un terror constante, hasta que, una mañana, nos deslizaremos en su celda, luego de habernos quitado los zapatos para sorprenderlo mejor bajo el sueño que lo habrá vencido después de la angustia de la noche. Nos arrojaremos sobre usted, le ataremos las muñecas a la espalda, le cortaremos con una tijera el cuello de la camisa y el cabello, si es necesario. Tratando de llegar a la perfección, le ligaremos los brazos con la ayuda de una correa para que esté obligado a mantenerse encorvado y ofrecer así una nuca bien despejada. En seguida lo conduciremos, sostenido por un ayudante de cada brazo, arrastrando los pies hacia atrás, a través de los corredores. Después, bajo un cielo nocturno, uno de los ejecutores lo levantará al fin tomándolo por los fondillos y lo arrojará horizontalmente sobre una tabla, mientras que otro le asegurara la cabeza en una abertura de madera, y un tercero dejará caer, desde una altura de dos metros veinte, una cuchilla de sesenta kilos que le partirá el cuello como una navaja de afeitar”. (Ídem.)

El terror de la pena de muerte, entonces, parece poder leerse, no está en la muerte misma, sino en todo lo que conlleva. Aun ahora, donde se utilizan otros métodos de ejecución, rasgos generales de lo que habla Camus están presentes: los acusados pueden pasar meses e incluso años esperando la resolución final, y a veces la ejecución, aunque esté prevista para cierto día y hora, puede retardarse largo tiempo, ya sea porque el tribunal esté revisando el caso de último momento u otra cosa. Han habido casos, incluso, de ejecuciones que se han pospuesto horas antes. Más aún, en algunos lugares está presente todo un ritual previo a la ejecución: una última comida, servicios religiosos y la oportunidad de decir unas últimas palabras, por mencionar los más conocidos. Habría que decir todo esto, piensa Camus, para poder hablar de ejemplaridad. Para que el terror y el espanto de la pena de muerte sea “una fuerza bastante ciega y bastante poderosa para equivaler, en el momento oportuno, al irresistible deseo del crimen”. (Albert Camus. Op. cit. p. 120.)

Más aún, nos dice que habría que ir más lejos, y hacer leer en las escuelas todo esto. Habría que obligar a todos los ciudadanos, incluso a los demasiado delicados, a conocer todo esto, y a ver las ejecuciones también. Habría, asimismo, que adjuntar testimonios e informes médicos. Camus da algunos ejemplos de éstos, en cuanto a ejecuciones por medio de la guillotina, pero así también podríamos encontrar, ahora, otros relativos a la inyección letal, por ejemplo. Más aún, habría que hacer leer el caso de ejecuciones fallidas, como el de Romell Broom, cuya ejecución, tras sufrir 18 pinchazos fallidos a lo largo de tres horas, fue suspendida, y quien al final, en su declaración, dijo: “28. Todavía hoy, mis brazos tienen grandes hematomas visibles, y siguen estando inflamados. Los múltiples sitios en los que los enfermeros trataron de acceder a mis venas siguen doliéndome. 30. Esperar a ser ejecutado es angustioso. Me produce mucha tensión pensar en que el Estado de Ohio tiene la intención de causarme el mismo dolor físico la próxima semana. 31. Me veo obligado a recordar constantemente el hecho de que la semana próxima tendré que sufrir la misma tortura que el Estado de Ohio me infligió el martes 15 de septiembre de 2009 , porque no ha habido ningún cambio en el protocolo de ejecución de Ohio y no ha habido ningún cambio en mis venas. El declarante no tiene nada más que decir.” (María Luisa Rodríguez Tapia [Traductora]. 18 pinchazos no mataron a Romell Broom. EL PAÍS.)

Pero nada de esto se hace, y Camus concluye: “El Estado disfraza las ejecuciones y hace el silencio sobre esos textos y esos testimonios. No cree entonces en el valor ejemplar de la pena, sólo se ajusta a la tradición sin tomarse el trabajo de reflexionar. […] Se aplica una ley sin volver a razonar sobre ella, y nuestros condenados mueren de memoria, en nombre de una teoría en la cual no creen los ejecutores. Si creyeran en ella, se sabría y sobre todo se vería.” (Albert Camus. Op. cit. p. 123.)

Ahora bien, como segundo problema al argumento de la ejemplaridad del castigo, está el que sus efectos son invisibles. Esto es: los defensores de la pena de muerte dicen que si bien muchos criminales no se han sentido intimidados; sin embargo, no podemos saber cuántos sí han sido intimidados por  esa pena y, por consiguiente, nada prueba que no sea ejemplar. Así, escribe Camus, “el mayor de los castigos, el que significa la desgracia última para el condenado, y que concede el privilegio supremo a la sociedad, reposa nada más que sobre una posibilidad que no puede verificarse.” (Ibídem. p. 129.)

En efecto, nos dice Camus, el asesinato se ha castigado desde hace siglos con la muerte, y sin embargo “la raza de Caín no ha desaparecido por eso.” (Ídem.) No obstante, los defensores de la pena de muerte nos dicen que no podemos saber cuántos, por sentirse intimidados, evitaron ser como Caín. Así, por este efecto invisible, no se puede decir que la pena de muerte no sea ejemplar. “La incertidumbre más amplia autoriza así la certidumbre más implacable”. (Ídem.) Porque para el condenado es completamente cierto que morirá, y esto no podrá cambiar. Mas, escribe Camus: “¿no se necesitaría una certidumbre para autorizar la más segura de las muertes?” (Ídem.)

Hay un efecto, empero, que sí tiene la pena de muerte, mas éste no es el que dicen sus defensores, sino el de “degradar a los hombres hasta la vergüenza, la locura y el crimen.” (Albert Camus. Op. cit. p. 130.) Camus está pensando, al decir esto, en aquellos que colaboran en la ejecución. Y nos dice que escuchemos «a ese director de prisión inglesa que confiesa un “agudo sentimiento de vergüenza personal” y a ese capellán que habla “de horror, de vergüenza y de humillación”.» (Ibídem. p. 131.) Pero sobre todo está pensando en el verdugo. Pregunta él: ¿qué se puede pensar de ellos? Y nos dice: «lo mismo que piensa el sacerdote Bela Just que asistió a cerca de treinta condenados y que escribió: “En cinismo y vulgaridad la jerga de los verdugos no desmerece en nada a la de los delincuentes”.» (Ídem.) Sobre esto podríamos traer a cuenta algo que uno de los enfermeros dijo en la ejecución fallida de Romell Broom: “15. Después de aplicar las toallas, -dijo éste- el enfermero intentó acceder a mis venas, una vez en el centro de mi brazo izquierdo y tres veces más en la mano izquierda. Después del tercer intento de acceder a las venas en las manos, el enfermero comentó que el consumo de heroína me había dañado las venas. Ese comentario me disgustó porque nunca he consumido heroína ni ninguna otra droga intravenosa. Le repliqué al enfermero que nunca le había dicho que hubiera consumido heroína.” (María Luisa Rodríguez Tapia [Traductora]. 18 pinchazos no mataron a Romell Broom. EL PAÍS.) Aquí, puede verse en el comentario del enfermero, no hay ninguna nobleza; sólo repugnancia.

Camus, más extremo en esto, brinda algunos testimonios de verdugos que gozaban las ejecuciones, y esperaban ansiosos la próxima. Seguramente, ahora, aún hay algunos así. De este modo, afirma Camus, “el castigo, que pretende intimidar a un asesino desconocido, entrega seguramente a su vocación de matadores a muchos otros monstruos más seguros.” (Albert Camus. Op. cit. p. 132.) Junto a esto, habría que considerar, en el caso de la inyección letal, que ésta la mayoría de las veces no es aplicada por médicos, sino por funcionarios de prisiones o un grupo de ciudadanos designados para esa labor, ya que “el uso de un médico para otro fin que no sea mejorar la salud o el bienestar individual mina el fundamento ético básico de la medicina: no herir”, diciéndolo con el Consejo de Asuntos Éticos y Judiciales de Medicina en Estados Unidos. (Cfr. Yolanda Monge. Electrocutado dos veces en un año. EL PAÍS.) Visto así, con Camus, podríamos arriesgarnos a decir que “puesto que estamos tratando de justificar nuestras leyes más crueles por medio de probables consideraciones, no dudemos de que entre esos centenares de hombres […] por lo menos uno ha debido saciar, de algún otro modo, los instintos sanguinarios que la guillotina ha despertado en él.” (Albert Camus. Op. cit. p. 132.)

Desde luego, podemos pensar, no todos los verdugos son así: hay algunos con reacciones semejantes a las del director de prisión y al capellán que ya hemos escuchado. Como la enfermera que, en la ejecución fallida de Romell Broom, tras varios intentos fallidos, y al ver el dolor que estaba provocando, abandonó la habitación visiblemente descompuesta.

Dicho todo esto, Camus nos dice que la pena de muerte “es una pena, ciertamente, un espantoso suplicio, físico y moral, pero no ofrece ningún ejemplo seguro, sólo desmoralizador. Sanciona, pero no previene nada, cuando no suscita el instinto del crimen. Es como si no existiera, salvo para el que la sufre en su alma, durante meses o años, en su cuerpo, durante la hora desesperada y violenta en que lo cortan en dos sin haberle quitado la vida.” (Ibídem. p. 133.) O en la que espera, mientras lo preparan para ser electrocutado, ahorcado, inyectado, fusilado e incluso lapidado.

Nota importante: yo leí “Reflexiones sobre la guillotina” que se encuentra en el libro La pena de muerte, cuyos datos están en la bibliografía. Pero después encontré otra versión que publicó Alianza Editorial. Lo importante de esto es que ella está en Internet, mientras que el libro La pena de muerte, hasta donde yo sé, no. Así que, si alguien quiere leer (o releer) “Reflexiones sobre la guillotina”, pero no tiene y/o no puede conseguir La pena de muerte o el tomo 3 de las Obras de Camus en Alianza Editorial, dejo a su disposición el link. Lo único malo de la versión de Alianza Editorial es que faltaría encontrar, en alguna otra parte, el ensayo de Arthur Koestler, el cual es conveniente leer junto al de Camus.

Bibliografía.

Camus, Albert. “Reflexiones sobre la guillotina” en Albert Camus y Arthur Koestler. La pena de muerte. Traducción: Manuel Peyrou. 1ª edición, Argentina: Emecé Editores. 2003. pp. 111-165.

Hemerografía.

Monge, Yolanda. (2009, 11 de Octubre) Electrocutado dos veces en un año. EL PAÍS. Recuperado el 26 de julio de 2013, de http://elpais.com/diario/2009/10/11/domingo/1255229187_850215.html

Pardo, José Luis. (2012, 1 de febrero). A sangre fría. EL PAÍS. Recuperado el 26 de julio de 2013, de http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/01/actualidad/1328117144_150886.html

Rodríguez Tapia, María Luisa [Traductora]. (2009, 11 de octubre). 18 pinchazos no mataron a Romell Broom. EL PAÍS. Recuperado el 25 de julio de 2013, de http://elpais.com/diario/2009/10/11/domingo/1255233153_850215.html

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