El acorazado Potemkin.

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Comienzo: “la revolución es guerra, la única en verdad legítima, justa y grande, entre cuantas ha conocido la Historia. En Rusia, esta guerra ha sido declarada y ha comenzado.” Lenin, 1905.

Primera parte: Hombres y gusanos.

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El torpe vigilante golpea a uno de los marineros recostados. Éste llora de inmediato, y Eisenstein, o quién sea, sentencia: “Humillante”. Lo consuelan, se seca sus lágrimas, y aparece Vakulinchuk llamando a sus camaradas a levantarse, a comenzar la revolución, más aún cuando “Rusia entera se ha levantado.” Pero ésta no se da aún… Preguntémonos: ¿las revoluciones pueden ser llevadas a cabo por hombres que se sienten humillados?

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Carne podrida, carne que no sirve ni para los perros, carne agusanada, y los dominantes responden “la carne es buena”. Carne que se tienen, que se deben comer los marineros… y la indignación crece. Ya no son hombres humillados, ahora están indignados. “La indignación se desborda”, dice Eisenstein, o quién sea… ¿Las revoluciones comienzan por indignación? ¿El enojo, la ira, el enfado vehemente es lo que antecede, quizá causa, la revolución?

Segunda parte: Drama en el Golfo Tendra.

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Los marineros se niegan a comer, y el capitán Golikov amenaza con ahorcar a aquellos a los que no les guste la sopa, El capitán Golikov señala el mástil mayor y, en una serie de planos, marineros y oficiales voltean a verlo. Los amenazados son capaces de ver fantasmas colgados, mientras que los otros no los ven. Ellos sólo gozan viendo un mástil vacío que puede ser llenado, no con fantasmas, sino con muertos. La muerte, sin duda, la vislumbran los amenazados por tenerla más próxima. El capitán Golikov los ha matado ya idealmente. En cambio, los otros, para ver la muerte, necesitan verla realizada. Por ello sólo gozan levemente con lo que puede ser, mientras que los otros sufren con lo que, en cierto modo, idealmente, ya es.

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Marineros están a punto de ser asesinados por marineros armados, y Vakulinchuk grita “Hermanos, ¿contra quienes disparáis?” Parafraseando: “Entre nosotros, que somos hermanos, en la misma condición, igualmente oprimidos, ¿nos vamos a matar?” Y la revolución comienza… Preguntémonos: ¿sólo estando a punto de morir, en la inanición, es cuando se puede dar la revolución? Más aún: ¿sin un Vakulinchuk, alguien que se decide, y que además guíe y motive a los demás, la revolución se puede dar?

Tercera parte: El muerto clama.

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Fácilmente podemos creer que el muerto de “El muerto clama” es Vakulinchuk. Quizá ello no sea del todo cierto, ¿y si “el muerto” son los habitantes, el pueblo de Odesa? Aunque llamar muerto al pueblo es peligroso, pues si estuviera así, ¿quién lo reviviría, quién lo haría clamar? ¡Porque los muertos no claman! Vakulinchuk, sin duda, responderíamos, fue el que revivió al muerto. Pero al responder así, un vivo, aquel que decidió comenzar la revolución en el Acorazado Potemkin, sería el responsable de haber revivido al pueblo. Pero, ¿quiénes son los vivos? ¿Qué características tienen los vivos? Y más importante aún: ¿los vivos son lo que deben guiar la revolución, porque los muertos deben tener un guía, una luz que les marque el camino? Caeríamos en los problemas que tienen aquellos que dividen la sociedad en despiertos y dormidos. ¿Quiénes son los dormidos y quiénes los despiertos? ¿Y por qué los que se llaman despiertos se adjudican superioridad frente a los dormidos? ¿Y por qué, aunque no lo quieran decir, se proponen o se imponen como guías de nosotros, los dormidos?

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Aparentemente, toda revolución corre el peligro de ser personalizada al extremo, es decir, puede llegar a considerarse que una persona es la que lleva sobre sus hombros toda la revolución. Hacerlo, quizá, puede llevarnos a creer que si esa persona muere, la revolución muere con ella o, al menos, mucha de su fuerza y valor desaparece. Más aún, si esa persona muere, la revolución puede llegar a convertirse en una lucha por el “héroe caído” (o por “los héroes caídos”, en caso de que sean varios) o en nombre del “héroe caído”, y así, quizá, se diluyan los motivos que la originaron.

Cuarta parte: La escalera de Odesa.

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La fuerza de la imagen no sólo consiste en lo filmado: la represión, el asesinato de inocentes. También, y en mayor medida, se encuentra en el cómo se filma; en la forma en que se hace. Sobran directores que son capaces de impresionar con contenido, pero pocos, pensamos, lo logran con la forma. Es en secuencias como la de la escalera de Odesa donde, incluso a la vista de los inexpertos, se nota el genio de hombres como Eisenstein.

Título: El acorazado Potemkin.
Título original: Bronenósets Potyomkin.
Director: Sergei M. Eisenstein.
Guión: Nina Agadzhanova, Nikolai Aseyev, Sergei M. Eisenstein y Sergei Tretyakov.
Fotografía: Vladimir Popov / Eduard Tise.
Edición: Grigori Aleksandrov / Sergei M. Eisenstein.
País: URRS.
Año: 1925.
Elenco: Aleksandr Antonov (Grigory Vakulinchuk), Vladimir Barsky (Golikov), Grigori Aleksandrov (Giliarovsky).

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