Déjame entrar.

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Hablar sobre o de una película o, en términos más llanos, hacer una reseña y/o crítica siempre es hacer las cosas a medias: se toma algo interesante de ella y uno puede escribir lo necesario para satisfacer la curiosidad y la soberbia propias y, en casos, también la de otros o bien basta con hablar un poco de la forma y/o el contenido. Como sea, es imposible ser exhaustivo. No imaginamos si quiera cómo sería hacer un análisis total de una película… Y quizá por ello mismo no debe exigirse más de lo que corrientemente tenemos y hacemos. Siguiendo lo que corrientemente hacemos, entonces, ¿qué se puede decir de Déjame entrar? Bastantes cosas, de hecho: un pequeño esbozo-reflexión de la vida llevada por los vampiros; una inocente comparación entre la vida del zombie y la del vampiro; unos apuntes sobre la inmortalidad, y por ende también sobre la vida y la muerte; una reflexión, con un poco más de esfuerzo, sobre cómo el amor está cimentado en un tanto de crueldad; etcétera, etcétera. Pero esta vez seremos obvios y nos arriesgaremos: hablaremos del permiso que requiere el vampiro para entrar a un lugar sin menoscabo de su ser.

La primera referencia es obvia: el nombre de la película. Por lo demás, hay otras tres: cuando Eli trepa al séptimo piso del hospital para ver al hombre con el que vivía, tras ser atrapado éste por la policía; la posterior visita al dormitorio de Oskar, cuando entra por la ventana; y una visita a la casa de Oskar, cuando entra por la puerta. Pues bien, debemos decirlo, no tenemos claro de dónde salio esto, pues otros tantos vampiros no requieren un permiso. Como sea, no importa de dónde haya salido.

Para comenzar, según parece, debemos tener claro que Eli no necesita siempre de un permiso para entrar a un lugar. Ello es claro si revisamos la secuencia en donde entra al hospital, aquella en que pregunta a una enfermera en dónde está su padre, que acaba de ser detenido por la policía. Asimismo, hay varias escenas donde la vemos en interiores sin pedir, suponemos, un previo permiso para entrar. Si es así, entonces, debemos averiguar en qué ocasiones necesita de un permiso o, en otro sentido, debemos averiguar por qué en estas ocasiones no lo necesita. La respuesta que hemos encontrado es que el permiso sólo es necesario cuando habrá un tipo de relación intima entre Eli y aquel que se encuentra dentro. Es evidente que cuando Eli entra al hospital sólo para hacerle una pregunta a la enfermera no hay ninguna relación intima entre ellas; es sólo una relación de intercambio de información. Pero, en cambio, un tipo de relación íntima sí está presente en las tres ocasiones que hemos mencionado anteriormente. Las dos veces en que Oskar es el involucrado, en las que debe otorgar el permiso, son claras: en la primera de ellas, en la que Eli entra a su dormitorio, presenciamos la petición de noviazgo hecha por Oskar, la reticencia de Eli, y el inicio de su “noviazgo”; en la segunda, por su parte, vemos algunos signos de que la relación entre ellos es cada vez más íntima: un corto baile, el regalar un vestido y Oskar espiando mientras Eli se cambia. Más aún, en esta visita se hace claro que ambos están unidos por el asesinato. En la otra ocasión, cuando Eli trepa hasta el séptimo piso del hospital, también vemos una relación íntima: ella se despide y bebe la sangre del hombre con el que vivía.

¿Qué relevancia tiene el que Eli necesite de un permiso para entrar cada vez que habrá una relación intima con aquel que se encuentra dentro de un espacio cerrado? Aquí, multitud de respuestas pueden aventurarse, pero de la que queremos hablar ahora se encuentra dentro de las cargas que lleva el vampiro: la que Tomas Alfredson nos muestra es la absoluta dependencia del otro para poder llevar una vida más allá del asesinato. El vampiro, suponemos, se relaciona con el otro para asesinarlo o bien para llevar una vida semejante a la que llevaba antes de convertirse. Pero para hacer lo segundo debe hacerse a un lado el deseo de asesinar o, si se prefiere, de alimentarse. Así, el vampiro debe comportarse con el otro como si fuera su semejante, y no como el depredador que es. Ahora, suponiendo que uno de los momentos importantes, quizá fundamentales, en cualquier relación humana sea el visitar el lugar donde vive el otro, el vampiro encuentra serias dificultades: no sólo debe domeñarse a sí mismo para poder entrar, sino que debe reafirmar su dominio de sí ante el otro. Al pedir permiso para entrar, dice: “te hago saber que puedo ser peligroso, pero me dominaré a mí mismo sólo por ti”. Y al no hacer esto, al no hacer claro el daño que se le puede provocar al otro, éste se hace presente en uno mismo: Eli desangrándose. En cambio, si el deseo de asesinar es lo que mueve al vampiro a entrar a un lugar, fácilmente puede hacerlo: la secuencia final en la que Eli mata a los tres chicos. En este caso, muestra sin más lo que es: “soy un asesino, voy a matar a alguien”, dice al entrar.

Se depende, pues, absolutamente del otro para llevar una vida más allá del asesinato no sólo porque el vampiro deba relacionarse con él, sino también, y esto es más importante, porque debe aclarar constantemente lo que es y, así, estar a merced de lo que el otro diga, porque si éste no autoriza la entrada, el vampiro no podrá entrar sin menoscabo de su ser.

Nota 1:

La forma en que filma Tomas Alfredson es, según yo, bastante, bastante bonita. Por no decir que en ocasiones provoca estremecimientos y hondos sentimientos de belleza. Según una revisión superficial hecha por mí, en Déjame entrar hay un uso constante del plano general y en mayor medida del primer plano, aunque casi todas la veces el plano general que crea Tomas Alfredson es más bien un primer plano si éste, como dice Deleuze apoyándose en Bergson, es “una serie de micromovimientos sobre una placa nerviosa inmovilizada” (Gilles Deleuze. La imagen-movimiento. Estudios sobre cine 1. p. 132.) Esta forma de filmar, en su mayoría con primero planos, es quizá, seguramente, lo que provoca aquello que decía.

Nota 2:

Déjame entrar se consideró fácilmente como una película muy dulce: hay melancolía y mortificación en ella, se dijo, pero plasmada de forma bella; es una historia de amor, dijeron otros; amor terrible, agregaron algunos; es un cuento de hadas, aventuró Guillermo del Toro. Pero quizá todo ello se dijo para edulcorar lo terrible en Déjame entrar. Hay cosas, no obstante, que se deben desocultar: Oskar y Eli están unidos por el asesinato. Él desea asesinar a alguien y ella lo hace impunemente, aunque Eli se escudó diciendo que lo hace porque debe hacerlo. Quizá sea cierto, pero hay un tanto de culpa en ella o de malestar, si se prefiere, que hace sospechar que no está tan segura de que mata por razones “naturales”. Hay otro asunto, un tanto más oculto, y que tal vez sólo se puede apreciar indirectamente, con ayuda de referencias externas a la película, pero que también debe desocultarse: Eli y su relación con los otros por utilidad. La relación entre Eli y el hombre con el vivía estaba basada un tanto en la utilidad: por un lado, él asesinaba en lugar de Eli, y así conseguía su comida, e incluso ella se molestaba cuando no la traía; por el otro lado, ella era lo que él deseaba. Él le daba a ella abastecimiento, y ella satisfacía la pedofilia de aquél. Con Oskar aparentemente pasa lo mismo: él es el que ayudará a Eli a sobrevivir durante el día, y ella es la protectora y ese alguien-a-quién-amar que necesitaba Oskar.

Título original: Låt den rätte komma in.
Título: Déjame entrar.
Director: Tomas Alfredson.
Guión: John Ajvide Lindqvist.
Productores: Carl Molinder y John Nordling.
Fotografía: Hoyte van Hoytema.
Edición: Tomas Alfredson y Daniel Jonsäter.
Música: Johan Söderqvist.
País: Suecia.
Año: 2008.
Elenco: Kåre Hedebrant (Oskar), Lina Leandersson (Eli), Per Ragnar (Håkan), Henrik Dahl (Erik), Karin Bergquist (Yvonne), Peter Carlberg (Lacke).

Bibliografía.

Deleuze, Gilles. La imagen-movimiento. Estudios sobre cine 1. Traducción: Irene Agoff. 1ª edición, Barcelona: Ediciones Paidós. 1984. Colección: Paidós Comunicación/16.

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